Melodías
Era el tiempo de la locura.
Ese velo de fuego que encandecería los ojos del sentido común, como un reloj cotidiano que de pronto grita desesperado que se muere para siempre, para despertar en la tenebrosidad eterna.
El tiempo de la locura; ese momento apocalíptico que al mismo tiempo lloraba y carcajeaba histéricamente, estaba presente, estaba de pie y actuando como un niño mal criado y maligno, que tocaba todo, que rompía, que arrebataba con celo. Este tiempo loco que se estaba viniendo se amamantaría de muerte, decían los augurios últimos, y ahora se mostraba innegable.
Había transitado altisonante y demente por caminos milenarios, escalado montañas preciosas, y depredado todo tras su paso; cada piedra de hogar, desmontado; cada sonido suave y distintivo, asilenciado; la tradición, escupida, cayó de espanto mientras el loco tiempo penetraba danzante, con mueca de arrogancia.
El sol que antes lo podía todo, decisión de vida y muerte, se escondía tras el humo de la derrota, ya no pintaba colores, no socorría a quienes lo adoraban, abandonaba los templos.
Entonces, en la puerta del mundo, los Distintos tocaron la música de esos tiempos sin control, tumbándolo todo, mientras los Notables enmudecían de pánico.
El Supremo cayó sobre sus rodillas y lloró angustiado e impotente, lleno de duda y terror. Llegaban, hasta sus temblorosas faldas mojadas, noticias de guerreros reconocidos y populares que perdían sus lanzas mágicas como también sus almas ante cada encuentro, contados tanto de a cientos como de a millares.
Se extendió rápidamente la incomprensión y el miedo entre los habitantes. Cuando los distintos llegaron, con su avaricia como fuerza motriz, con sus criaturas guturales y sus relámpagos que asesinaban en masa, las sombras de hombres y mujeres, de antiguos y herederos, todo se licuó en sangre. El mundo cambiaría abruptamente y los amantes se agusanarían y no engendrarían generación alguna. 
La vida se suspendió con alarma, las cosas de todos los días cayeron por las calles y por las escaleras que el universo conocían desde sus albas, y se apagaba pisoteada por extraños a la realidad contada y vivida.
El Supremo se entregaba cobardemente, el mundo perplejo se suicidaba en número, y los notables dejaban de creer en todo y cada una de sus palabras antes divinas.
Los segundos nefastos llegaban con velocidad, degollaban angurrientos, mientras los guerreros más valerosos ardían y gritaban desgarradoramente pese a sus fervientes rezos. Corrían refunfuñando notas mortíferas, criaturas llameantes. El cielo hacía oídos sordos del impensado sufrimiento humano.
La hechicera, dueña de sí, se escabulló por el palacio disfrazada de sombra por momentos, de bandadas de moscas en otros instantes, de ráfagas gélidas o hirvientes en varias ocasiones, para llegar hasta las habitaciones reales, entre tanta cantidad de cuerpos muertos. Sus pasos que caminaban por el aire, hasta casi volar, llegaron para encontrarse al fin con un olor a veneno repartido en cada rincón buscado.
Todos muertos; las esposas del Supremo, su hijo divino y predilecto, los hermanos de éste como también los más niños, sus servidores fieles, amigos nobles y guardianes. Envueltos en supersticiones y miedo se mataron, quedando sus bocas abiertas ante el espanto. Afuera, mientras tanto, no paraba de oírse el desorden de los obuses, los terrores de las gentes.
La hechicera pronto estuvo en rendirse a la desazón, hasta que percibió con uno de sus sentidos, un aliento apenas perceptible entre cadáveres. La hechicera reteniendo su corazón ansioso se quebró sobre su cintura agraciada y lo vio a él.
--- Príncipe…! ---exclamó entonces con ese hilo de esperanza apenas agotado.
Y levantó a un niño que apenas respiraba. Lo llevó hacia sus labios, pronto lo besó y aspiró todo el veneno del príncipe hasta formar una bola que endureció en su boca y escupió en forma de escarabajo. El insecto mágico que cayó sobre los cuerpos apiñados alrededor se puso a andar con velocidad tosca y ebria hacia la puerta, como buscando víctima, fuera ya de la hechicera y el niño. Entonces viendo que la vida peligraba en el pequeño la hechicera se cortó la muñeca con una uña que creció filosa como una daga y le dio de beber su sangre, su vida. El sobreviviente tensó sus músculos cansados, pero ni gemir pudo. La mujer ahora pálida sonrió con sus ojos acuosos y tristes, suspiró brevemente y se sobresaltó al escuchar los pasos del invasor en los pasillos reales. Como a un fruto profundamente dormido, semilla perpetuadora, lo levantó con sumo cuidado y encanto. La cultura milenaria era ahora solo ruinas que se astillaba ante el rudo golpe de los distintos, que entraban sedientos de renombre y que comían oro y plata, como dioses novedosos y atípicos.
Los hombres nuevos, recubiertos en vestimenta de sangre y crueldad, solo divisaron una exótica ave elegante, que retenía dulcemente una cempazuchil de un amarillo frágil, entre su pico dorado, tanto como el oro mas ansiado, que les echó una mirada lastimosa y triste, y que abrió sus alas blancas para volar hacia alguna parte fuera de la ciudad que se resquebrajaba de dolor y moría. Los soldados la vieron partir con asombro mientras uno de ellos era mordido por un escarabajo que luego terminó aplastado bajo su bota. El barbudo dio dos pasos inseguros y cayó fulminado por una rara muerte. Los demás sin entrar en pánico, con un gran desdén hacia la vida, dejaron al infortunado y siguieron su matanza.
La hechicera con una lágrima en su rostro, como herida por garras selváticas, se confundió con el cielo limpio en contra de aquel sol traicionero que ya no protegía a los suyos. Y su lágrima fue lluvia doliente y penetrante, que más que lavar a los asesinos, desparramó sus crímenes con un arte prácticamente natural y humano. Volaba la hechicera hacia colores opacos, con un príncipe adormecido en su boca, y después de semejante lío sus pechos bravos afirmaban un volver a empezar.
--- Volver a empezar--- se repetía y se comprimía su estomago vacío---… pero hacia dónde?
Y se perdió entre otras tantas aves.
Mario L Samizdat
Julio 10 del 2005.-


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